Autoexilio

Los días transcurren en una vorágine que nos impide encontrarnos con el otro. Uno sale a la calle y cada vez hay menos café, menos sol, menos tarde. Antes, para encontrase con el otro, había que preparar la cita con antelación. Recuerdo haber hecho triangulaciones telefónicas para encontrarme con algún amigo que no tenía teléfono y, sin embargo, era más fácil encontrarse. Un sábado a la tarde ir al cine, después tomar café… no había para más pero eso era suficiente como para ponerse al día y compartir.

Hoy la cosa es distinta. De tan conectados que estamos nunca podemos encontrarnos. Siempre hay un “mañana te confirmo” u otro “te llamo si me desocupo”. Las distancias son tan subjetivas como la vida que cada uno construye.

En medio de todo esto aparecen las “redes sociales” mediante las cuales nos hacen creer que compartimos con el otro y en realidad nos alejan. La palabra escrita jamás será como la que fluye de la boca. Y si a esto le sumamos que estamos metidos en un cuento del tipo “elije tu propia aventura” nuestro universo social comienza a restringirse mas y mas.

Hace ya un par de meses que decidí dejar de escribir sobre cuestiones políticas en feisbuc porque cada vez que emitía un pensamiento se venía el mundo abajo. Poco a poco fui silenciando mi voz, la cuestión no era agredir a nadie sino compartir una idea y eso en las redes sociales no es algo que se pueda hacer. Una idea compartida puede desatar un vendaval de ira en quienes queremos o apreciamos y es ahí donde el mundo comienza a achicarse. A veces un mundo más chiquito es mas manejable pero otras veces un mundo demasiado chiquito no sirve. Compartir ideas con quienes piensan igual que uno es fácil y hasta aburrido. Indagar en los puntos divergentes procurando encontrar los comunes era lo que me gustaba.  No creo en las ideas acabadas, siempre preferí los diamantes en bruto.

Cuando una idea está acaba deviene en una puerta que se cierra y cuya llave se tira al vacío para no poder recuperarla jamás. Ese pensamiento me asusta porque significa que ese mundo, ya pequeño, se hace más pequeño aún. Y qué postura adoptamos frente a tanto “chiquitaje”?

Nada, la nada misma. Sólo querría volver a tomar café hasta que amanezca…

 

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