Enero del 91

Estoy en el campo, las luces se apagan y todo comienza a vibrar. Mezclan sus colores, lo encienden de blanco recordándome lo que decía mi viejo de los colores luz. Miro el brillo de su ropa queriendo capturar cada imagen para recuperarla y disfratar cuando lo desee. Como una cebolla se quita de encima una y otra capa. Ochenta minutos que me dejan inmóvil sin entender absolutamente nada. Y mi ropa negra brilla como su lamé esa noche, mientras camino entre la multitud quejosa por desear mas y no tener. Para mi lo dio todo y ya. No necesito más.

Después de la partida del flaco, esta fue la más sentida. Un músico muere y me inundo de tristeza. Los motivos son claros, era tan genial que hasta le perdono que no haya música suya en la red. Y los motivos son tan claros…

Comenzaba a caminar mi vida sin querer ser adulta, me resistía a todo y luchaba para escapar de los moldes instituidos. Llevaba un puñado de años fuera de la casa de mis padres. Era la magia de los primeros recitales grandes grandes que pagaba con mi sueldo de maestra viviendo intensamente mi veintipocos. Buscaba la felicidad en las pequeñas cosas cotidianas, la Pueyrredon, las fiestas en “La casa de Melo”, las acelgas de Elena y los amores infinitos hasta el amanecer. Como una esponja absorbía todo, lo disfrutaba aunque a veces provocara dolor. Vivía intensamente…

Quizás por todo eso es que su partida me haya enrarecido hasta sacarme una lágrima.

Y su música es parte de mi…

Gracias Diego Soler por haberme conocido tanto y regalarme “Diamonds and Perls”, mi primer CD…

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