Buzz… cuando la privacidad deja de existir y nos saca la lengua

Estoy hace un buen rato ¿investigando? o mejor dicho, tratando de entender como funciona la nueva aplicación de Google: Buzz. La verdad es que del asombro al espanto solo hay un paso, demasiado corto en este caso. Desde el vamos considero que el uso de las llamadas redes sociales es algo que hay que tomar con mucho cuidado porque la información que volcamos en ella deja de estar dentro del ámbito de lo que podemos medianamente controlar (entiéndase este control como la preservación mínima de información personal irrelevante).

Estamos con Iris Fernández analizando algunas cosas que nos han llamado la atención. No se entiende muy bien como se configura, quienes pueden leer lo que uno escribe, como restringir la lectura a quienes uno no quiere llegar, cosas tan básicas como esas.

¿Alguien se puso a pensar en la cantidad de menores que, con la misma curiosidad que yo, aceptarán probar la herramienta y se verán expuestos a quien sabe qué de manera compulsiva? Yo adulta, no me di cuenta en qué momento, cegada por la propia curiosidad, acepté que “me siguieran” o “seguir” a otros.  Demás está decir que la palabra seguir ya suena feísima.

¿Hay alguna manera de saber hasta dónde llega esta herramienta? ¿Quién más estará leyendo lo que ahí publico? ¿Sólo mi lista de seguidores o también a los que yo sigo?

Más allá de las preguntas (cuyas respuestas no me interesan) quizás sea hora de cerrarle la puerta a estas “redes” que de sociales no tienen nada. Si Foucault viera esto se sentiría un tonto, su panóptico es una idea de niños comparado con lo que está pasando…